En el escenario de un teatro y frente a ustedes, es inevitable citar a Bertolt Brecht
“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.”
Es todo lo que debería decirse hoy.
Pero es necesario hablar. ¡tiempos difíciles aquellos en los que hay que demostrar lo evidente¡
Hablar. Hablar mientras se pueda. ¿Acaso no estamos asistiendo a una batalla feroz por ver quién se queda con la difusión de la palabra?
Así es que…Buenas tardes,
Gracias por estar aquí y por acompañarnos en este – como se dice ahora – “relato” que hacemos del año Bicentenario.
Leída así la vida cotidiana, como relato, lo que nos proponemos hoy es resaltar con un marcador de color fluorescente, sobre el texto blanco, negro y gris de cada día, los nombres de algunas de las miles de personas que desde hace años le ponen esfuerzo, constancia, educación, salud, arte y solidaridad al tiempo que nos toca compartir.
Resaltarlas es iluminar su recuerdo y su presencia…. queremos tenerlos siempre a mano como a una linterna en plena noche, cuando el alma se apaga, se desinfla y se queda, a mitad de camino y deseamos que las medallas de luz de nuestros ojos alumbren lo que necesitamos desesperadamente ver antes de que otra vez nos asalte la misma pesadilla.
Eso es, si bien se mira, lo que intentamos desde el programa Puertas del Bicentenario del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, con los murales de artistas en escuelas y hospitales, con la reparación del faro del edificio Barolo y demás acciones…resaltar, alumbrar, iluminar, inspirar, ayudar…Tratamos de decirnos, en diálogo con los ciudadanos, como el hijo de Santiago Kovadloff a su padre la primera vez que lo llevó a conocer el mar. Deslumbrado frente a la inmensidad del océano, el chico le pidió: “ayudame a mirar”
Necesitamos ver, confirmar que están ahí, las escuelas y sus maestros, los hospitales y sus médicos, los comedores y sus madres comunitarias, las personas valiosas de todos los oficios, necesitamos saber que siguen ahí, para asegurarnos que podemos nombrarlos, como ruego, como súplica o como cábala contra toda trampa, mentira o decepción, como si fuera una contraseña secreta que nos calma y protege el sueño de un país posible. Porque ellos son nosotros. Y nosotros, somos ellos.
No sé si les pasa lo mismo, pero – pongamos por caso – cuando el otro día todas las luces se enfocaron sobre Maradona, mi linterna nocturna se encendió para ayudarme a ver que también Julio Bocca andaba por ahí, en Montevideo.
Y cuando escucho al ex presidente Battle o al candidato Pepe Mujica, denigrarnos, pienso en el Menchi Sabat de cada día, escuchando sus tangos y sus discos de jazz, o dando clase, enseñando en su estudio de Buenos Aires, mientras trabaja en sus obras de alta calidad artística, lo veo, como lo vi, haciendo sus análisis políticos certeros, sin palabras, en la redacción del diario, lo alumbro en mi recuerdo y sin que se entere cada tanto le dejo la medalla de mi abrazo agradecido, también sin palabras. No necesito que nadie me diga quién es de verdad mi hermano.
Me volvió a pasar esta semana, cuando mi oficio de periodista quedó al descubierto en sus miserias a plena luz del día y en mitad de la noche la linterna hizo resplandecer la medalla que espera por Osvaldo Bayer. ¡ Qué alivio saber que estás Osvaldo, que los periodistas también somos Bayer y Rogelio García Lupo y Fernández Moores y Osvaldo Pepe y Jorge Fernández Díaz, y Magdalena, y Luisa Valmaggia y Osvaldo Bazán, y tantos que sólo sirven a sus lectores, oyentes o espectadores, y que hay tantas personas decentes y solidarias, médicos, maestros, profesores y gente que resiste y sostiene haciendo lo mejor que puede su trabajo.
El otro día hablaba de esto con Mariano Moreno. Resulta que la ventana de nuestra pequeña oficina en el Palacio Municipal da al Cabildo y al caer la tarde, cuando salgo a tomar aire al balcón, los veo a estos tipos, Moreno y su banda, Belgrano, Castelli y demás, conspirando en el patio trasero del Cabildo. Seguramente es una alucinación, está claro. Cuando uno se mete a fondo en esto del Bicentenario para tratar de comprender que significa evocar 200 años más tarde la Revolución de Mayo y da la casualidad que la ventana mira al Cabildo, entre los trámites burocráticos de cada día, los bombos de protesta que retumban abajo y los mensajes que manda la historia, es inevitable enloquecer un poco.
Pero si a pesar de todo se logra entender lo que pasa, mantenerlo bajo control, y eso no afecta al trabajo y a los compañeros, la verdad es que no hace mal charlar con ellos, siempre y cuando se respeten las formas.
Porque el asunto es que a hay tardes en las que terminamos como barras bravas, nos intercambiamos cantitos obscenos, nos hacemos gestos amenazadores y nos citamos en la esquina. Me jode cuando levantan carteles y se hacen los piqueteros autoritarios, los dueños de la verdad, queriendo cortar el tránsito de la historia, como si después de ellos no hubiera pasado nada más
No siempre es así. A veces nos quedamos tomando una cerveza y hablamos de lo que sale. La otra tarde lo noté muy pesimista a Mariano y le cité la letra de una canción de Los Redondos que dice: “cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón”. Se llama Juguetes Perdidos. Me miró extrañado, pensó y me dijo: ¿Qué orquesta es esa? Comprendí que me había complicado, pero intenté explicarme.
Es Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota, le dije. Se levantó de un salto y se llevó la mano a la cintura. Se llaman así, le dije, no te estoy cargando, es la banda de rock más querida y popular, grandes poetas, grandes artistas, letra y música ¿El que canta es ese Patricio Rey?, preguntó Mariano. Para qué…No, le dije, en un tono pausado, ese es el Indio Solari, Patricio Rey no existe…Entrecerró los ojos, dudó, pensé que definitivamente iba a entrar en una depresión irreversible, pero alcanzó a preguntarme
¿El que canta es un indio solo y el otro no existe? Es difícil de explicar, dije, y se hizo un silencio largo del que volvió como a la media hora. ¿Qué es rock?, me preguntó.
Para hacerla corta, le dije que le daría más detalles por mail. Pero…resulta que no tiene dirección de correo electrónico. Ni celular, nada. “Nada”, me contó, “ni radio, ni televisión, ni luz, ni gas, ni cloacas, ni pavimento, ni sendas peatonales, nada, no teníamos nada, Buenos Aires era una ciudad de 40 mil habitantes y no éramos más de 20 los que de verdad impulsamos el movimiento revolucionario”.
Cada noche escucho sus voces. Discuten mucho. “Es la economía, estúpido, los hombres son egoístas y sólo se mueven por sus intereses”, grita Saavedra. “No, imbécil, los ideales y los sueños son más poderosos que cualquier otra fuerza”, responde Castelli.
Moreno me pide opinión. “Ey, moderno, vos que ya tenés 200 años más, que disponés de toda la teconología, de miles de libros, de la información, de los servicios y de agua potable, ¿qué se dice en el futuro de esto…? ¿Lo hablan con los psicólogos esos que los atienden?
Y la verdad es que no sé que contestarle. Me pasa como cuando los niños hacen las preguntas más básicas y los adultos no tenemos respuestas para ellos, pero después sí sabemos, en las mesas de los bares, “cómo se arregla esto” y quién es ese otro siempre culpable de todo lo que nos pasa.
Pero como Moreno insistió, un par de días más tarde, le dije, de memoria: ““Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce, lo que vale, lo que puede y lo que sabe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos, sin destruir la tiranía”
¡Eso lo escribí yo¡, me gritó. Sí, claro, admití, son tus ideales y tus sueños y tu palabra lo que perdura de vos. No es la economía devastadora de la naturaleza, no la fuerza bruta, ni el insulto, no, nada de eso, es la palabra que nos dice la que nos hace humanos.
Es la palabra la que conecta con los sentimientos, los deseos, los ideales y los pone en acción.
Es la palabra la que repara y construye, comprende, activa y abre.
No es tan complejo ni hay que dar tantas vueltas, una política decente se hace con las palabras y las acciones de gente decente.
Un hombre limpio siempre tiene una palabra clara.
En esas, pocas, ocasiones, cuando le recuerdo lo mejor de sí, Mariano me sonríe.
Esa noche, de paso, le conté, a modo de ejemplo, la batalla feroz que se está librando ahora para ver quién se queda con las palabras.
Cunado comprendió la gravedad de la situación, me dijo que si las cosas eran así, iba a escribir nuevamente en su gaceta y que la editaría aunque sea en una servilleta o en las paredes, con tiza o carbón, como un diario mural, que a él nunca nadie lo haría callar.
Ahora los dos sabemos mucho del otro, nos conocemos mejor, y eso ayuda a sobrellevar el histórico conflicto. Él sabe que yo, solo, no me puedo hacer cargo de su reclamo. Que no me da la autoridad, ni las fuerzas, ni el año Bicentenario, ni el tiempo que me queda de vida. Pero le prometí que siempre lo intentaría desde donde me encuentre, porque creo, como él, que en cuanto los líderes limpios digan las palabras claras que pongan en acción los sentimientos, hay una revolución posible todavía
La revolución de las conductas, de la palabra dada y cumplida.
Si la cabeza cambia, el cuerpo cambia.
Una revolución de personas con los ojos abiertos, iluminando como linternas.
La revolución de las linternas.
Para verlos, para vernos.
Le de mi palabra a Mariano y aquí estoy ahora.
Se que esta presentación se hizo un poco larga, pero no podíamos comenzar sin él, sin ellos.
No sería justo.
Ahora sí, ya estamos todos. Como ustedes pueden ver, hacia el final de la sala, por ambos pasillos, acaban de entrar.
El que lleva la bandera en la que se lee: ¿Qué han hecho con nuestros ideales? Es el joven Mariano Moreno, 32 años. En el otro pasillo, con la bandera que dice: ¿Piensan seguir así?, Cornelio Saavedra, 51 años.
Con ellos, Manuel Belgrano, 40 años, José de San Martín, 32 años, Juan José Castelli, 46 años, Bernardo de Monteagudo, 21 años, Juan José Paso, 52 años…y siguen cientos, miles, 200 años de nombres honorables, de palabras dadas.
Todos reunidos ya, en nuestro Punto de Encuentro, los invito a disfrutar, a emocionarnos, a aplaudir de pie, a ovacionarlos a los que reciben hoy sus medallas.
Gracias a todo el equipo de Puertas del Bicentenario, como siempre, pero en esta ocasión, en especial, gracias por el esfuerzo inmenso que hizo el grupo de comunicación, Astrid Pikielny, Paz Aizpurua, Florencia Bernardez, Eliseo, Marina, Maca, Malena
Como decía el poeta Walt Whitman, los invito a celebrarnos y a cantarnos a nosotros mismos, porque también somos ellos.