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  • No hay periodismo, hay periodistas

    Carlos Ares 12:01 pm on June 8, 2010 | 0 Permalink | Reply

    El periodismo es un oficio hecho por personas que trata sobre las relaciones entre personas o grupos de personas, atiende a sus necesidades, comunica a unos con otros. El periodista podría ser entendido así, en cierto modo, como un médico, o un psicoanalista, pero no hay protocolo a seguir en su profesión. Si a una sociedad le duele la desnutrición no puede asegurarse simplemente que es a causa de que los niños no comen y recomendarles pastillas o terapias. El tema requiere investigación y tratamiento, no análisis clínicos. No basta con alterar a gusto las cifras del Indec.

    Bien leído, bien mirado o bien escuchado, el periodista podría ser considerado también como la versión de un abogado. Fiscal en algunos casos, defensor en otros. Pero no está obligado a someterse a procedimientos, ni a leyes que rigen su oficio, ni a la decisión de jueces, ni a la revisión de tribunales superiores. Si una sociedad se siente desangrar por la inseguridad o la corrupción, no basta con que los cómplices les pidan a sus ciudadanos que confíen en la justicia. Los periodistas pueden además tirar de los hilos y hacer caer las máscaras de los policías, los jueces y los titiriteros del poder.

    Daniel Passarella, ex capitán de la selección nacional de fútbol, decía “ustedes son los únicos invictos, nunca pierden, ni siquiera arriesgan”. Entre 1976 y 1983 desaparecieron 94 periodistas. Fue uno de los colectivos profesionales que más sufrió la persecución, la tortura y el asesinato durante la dictadura. Ahora, todavía se expone a esos invictos que nunca pierden ni arriesgan con nombre y foto en los carteles como si fueran los criminales más buscados por la policía. Sin contar las amenazas cotidianas.

    Estamos, entonces, frente a un oficio extraño y delicado, al que no habilitan títulos o doctorados, ni regulan colegios profesionales o libros de estilo, ni someten las amenazas de los juicios por mala praxis o falso testimonio. Se trata de personas que tratan un material muy sensible: el servicio de información, honesto y confiable sobre el poder, cualquiera sea. La importancia es tal que, eso que hacen los periodistas, es valorado como esencial para la convivencia y el equilibrio de poderes en un sistema democrático. Sin el trabajo de los periodistas nada sabríamos del asesinato brutal de un soldado en un lejano cuartel del sur a manos de oficiales, y de su encubrimiento por superiores, investigación que llevo a terminar con el servicio militar obligatorio. Sin el trabajo de los periodistas nada sabríamos de la venta ilegal de armas a países en guerra.

    El desarrollo acelerado de las nuevas tecnologías deja ver que en el futuro, como ha sucedido en el pasado, quienes se consideren periodistas tendrán todavía, si cabe, mayor responsabilidad aún en el ejercicio de su profesión. La transmisión directa de la información, la puesta en el aire inmediata de imágenes, impedirá hasta la mínima supervisión de un jefe, un editor o un colega.

    Serán miles de personas en red distribuyendo información para millones de personas en red.

    Si es verdad que como personas físicas somos en parte la calidad de lo que comemos, la calidad de la información que recibamos tendrá una influencia decisiva en la sociedad que construimos.

    Vislumbrado así, el oficio va a requerir entonces más que nunca que cada uno de los periodistas recuerde a los maestros o troesmas que tal vez no han querido serlo, pero que les retransmitieron con sus conductas un Ser y un deber ser del periodista. Porque, al fin, el periodismo será siempre lo que esos periodistas sean: personas decentes o no, personas honorables o no, personas con espíritu de servicio público o no, personas solidarias o no, personas sensibles o no, buena gente o no.

    En ese sentido, como una forma de contribuir a reconocer a esos maestros, en ocasión de celebrarse el año del Bicentenario de la Revolución de Mayo, hoy lunes 7 de junio, cuando conmemoramos también los 200 años de la fundación de la Gazeta de Buenos Aires, el programa Puertas del Bicentenario del gobierno de la ciudad de Buenos Aires y el Ministerio de Cultura contribuyen a iluminar con una medalla de luz, como la ha hecho con otros ciudadanos ejemplares, a un grupo de periodistas valorados y queridos por sus pares, sus oyentes y sus lectores.

     
  • Discurso de Carlos Ares en la entrega de Medallas en la Feria del Libro

    Carlos Ares 3:03 pm on April 28, 2010 | 0 Permalink | Reply

    (Tal vez nos haya quedado pendiente esta noche un reconocimiento a la memoria de la Feria como tal, al sitio, al lugar que nos dio aire, tiempo y espacio para encontrarnos durante todos estos años. Ante los hechos sucedidos en los últimos días, de qué otro modo podíamos ofrecerle una modesta reparación si no era con un texto. Aquí va…)

    No se viene a la Feria del Libro, se regresa a ella. Cada año tenemos necesidad de volver a buscarnos donde nos dejamos. En este albergue transitorio donde copulan el pensamiento y la imaginación miles de personas acaban tocándose las letras, lamiéndose los títulos, besándose los lomos, derramándose en calles sin destino, olvidándose de sí mismas hasta que el conserje les recuerda que terminó el turno y que pueden pasar nuevamente el próximo año para reclamarse por allí.

     No hay más libertad en este mundo conocido que la que puede cobijar el vientre de la Feria. Palabras duras, reflexiones livianas, discursos pesados, voces soberbias, egos trabados, digestiones lentas, frases que truenan y destellan como relámpagos, sabidurías sin pretensiones, vendedores de quincalla y de oro puro, de todo se inscribe en la piel de este pergamino.

    Aquí está permitido ser. Si bien se lee, en caracteres indelebles, la entrada dice: “pase y sea”. Échese aquí como un niño entre almohadones, coma salchichas, extiéndase, saque los brazos por la ventanilla, moleste al conductor con sus preguntas, rásquese las neuronas, haga memoria hasta donde pueda alcanzarse, dese verdadera pena, sonría, mire los ojos de esa muchacha…

    El territorio de la Feria luchó por su independencia bajo la dictadura. El perseguido que lograba atravesar la fosa de los colmillos húmedos de sangre con que intentaron cercarla, podía calmarse aquí, sentirse seguro y protegido, cambiar el aire y respirar tranquilo. ¿Cómo hace una bala para encontrar el corazón de un pensamiento, cómo se hiere de muerte una idea?

    Hacia fines de abril la creación se cita, se retrae, se concentra y explota en la feria. Las ideas, los relatos, retroceden, se enlazan, retoman el punto de partida y recobran la fuerza original. Reducidas a palabras, vestidas de colores, las ideas anidan en el misterio hasta que unas manos las tocan, las abren, las hojean, las miran, las leen y el big bang  vuelve a suceder.

    El efecto especial de este universo paralelo dura dos semanas. Luego, el tiempo se enfría, lloviznea, entonces las personas salen, andan, saltan los fosos, eluden los colmillos, trabajan, toman café, llevan a los niños a la escuela, abrazan a los amigos y en el transcurso del invierno, al menos una vez, se preguntan dónde y cuándo fue que soñamos ser algo mejor.

     

     
  • Discurso de Carlos Ares en el acto de entrega de Medallas del Bicentenario

    Carlos Ares 3:43 pm on November 4, 2009 | 0 Permalink | Reply

     En el escenario de un teatro y frente a ustedes, es inevitable citar a Bertolt Brecht

     “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.”

     Es todo lo que debería decirse hoy.

    Pero es necesario hablar. ¡tiempos difíciles aquellos en los que hay que demostrar lo evidente¡

     Hablar. Hablar mientras se pueda. ¿Acaso no estamos asistiendo a una batalla feroz por ver quién se queda con la difusión de la palabra?

     Así es que…Buenas tardes,

     Gracias por estar aquí y por acompañarnos en este – como se dice ahora – “relato” que hacemos del año Bicentenario.

     Leída así la vida cotidiana, como relato, lo que nos proponemos hoy es resaltar con un marcador de color fluorescente, sobre el texto blanco, negro y gris de cada día, los nombres de algunas de las miles de personas que desde hace años le ponen esfuerzo, constancia, educación, salud, arte y solidaridad al tiempo que nos toca compartir.

     Resaltarlas es iluminar su recuerdo y su presencia…. queremos tenerlos siempre a mano como a una linterna en plena noche, cuando el alma se apaga, se desinfla y se queda, a mitad de camino y deseamos que las medallas de luz de nuestros ojos alumbren lo que necesitamos desesperadamente ver antes de que otra vez nos asalte la misma pesadilla.

     Eso es, si bien se mira, lo que intentamos desde el programa Puertas del Bicentenario del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, con los murales de artistas en escuelas y hospitales, con la reparación del faro del edificio Barolo y  demás acciones…resaltar, alumbrar, iluminar, inspirar, ayudar…Tratamos de decirnos, en diálogo con los ciudadanos, como el hijo de Santiago Kovadloff a su padre la primera vez que lo llevó a conocer el mar. Deslumbrado frente a la inmensidad del océano, el chico le pidió: “ayudame a mirar”

    Necesitamos ver, confirmar que están ahí, las escuelas y sus maestros, los hospitales y sus médicos, los comedores y sus madres comunitarias, las personas valiosas de todos los oficios, necesitamos saber que siguen ahí, para asegurarnos que podemos nombrarlos, como ruego, como súplica o como cábala contra toda trampa, mentira o decepción, como si fuera una contraseña secreta que nos calma y protege el sueño de un país posible. Porque ellos son nosotros. Y nosotros, somos ellos.

     No sé si les pasa lo mismo, pero – pongamos por caso – cuando el otro día todas las luces se enfocaron sobre Maradona, mi linterna nocturna se encendió para ayudarme a ver que también Julio Bocca andaba por ahí, en Montevideo.

     Y cuando escucho al ex presidente Battle o al candidato Pepe Mujica, denigrarnos, pienso en el Menchi Sabat de cada día, escuchando sus tangos y sus discos de jazz, o dando clase, enseñando en su estudio de Buenos Aires, mientras trabaja en sus obras de alta calidad artística, lo veo, como lo vi, haciendo sus análisis políticos certeros, sin palabras, en la redacción del diario,  lo alumbro en mi recuerdo y sin que se entere cada tanto le dejo la medalla de mi abrazo agradecido, también sin palabras. No necesito que nadie me diga quién es de verdad mi hermano.

     Me volvió a pasar esta semana, cuando mi oficio de periodista quedó al descubierto en sus miserias a plena luz del día y en mitad de la noche la linterna hizo resplandecer la medalla que espera por Osvaldo Bayer. ¡ Qué alivio saber que estás Osvaldo, que los periodistas también somos Bayer y Rogelio García Lupo y Fernández Moores y Osvaldo Pepe y Jorge Fernández Díaz, y Magdalena, y Luisa Valmaggia y Osvaldo Bazán, y tantos que sólo sirven a sus lectores, oyentes o espectadores,  y que hay tantas personas decentes y solidarias, médicos, maestros, profesores y gente que resiste y sostiene haciendo lo mejor que puede su trabajo.

     El otro día hablaba de esto con Mariano Moreno. Resulta que la ventana de nuestra pequeña oficina en el Palacio Municipal da al Cabildo y al caer la tarde, cuando salgo a tomar aire al balcón, los veo a estos tipos, Moreno y su banda, Belgrano, Castelli y demás, conspirando en el patio trasero del Cabildo. Seguramente es una alucinación, está claro. Cuando uno se mete a fondo en esto del Bicentenario para tratar de comprender que significa evocar 200 años más tarde la Revolución de Mayo y da la casualidad que la ventana mira al Cabildo, entre los trámites burocráticos de cada día, los bombos de protesta que retumban abajo y los mensajes que manda la historia, es inevitable enloquecer un poco.

     Pero si a pesar de todo se logra entender lo que pasa, mantenerlo bajo control, y eso no afecta al trabajo y a los compañeros, la verdad es que no hace mal charlar con ellos, siempre y cuando se respeten las formas.

     Porque el asunto es que a hay tardes en las que terminamos como barras bravas, nos intercambiamos cantitos obscenos, nos hacemos gestos amenazadores y nos citamos en la esquina. Me jode cuando levantan carteles y se hacen los piqueteros autoritarios, los dueños de la verdad, queriendo cortar el tránsito de la historia, como si después de ellos no hubiera pasado nada más

     No siempre es así. A veces nos quedamos tomando una cerveza y hablamos de lo que sale. La otra tarde lo noté muy pesimista a Mariano y le cité la letra de una canción de Los Redondos que dice: “cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón”. Se llama Juguetes Perdidos. Me miró extrañado, pensó y me dijo: ¿Qué orquesta es esa? Comprendí que me había complicado, pero intenté explicarme.

     Es Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota, le dije. Se levantó de un salto y se llevó la mano a la cintura. Se llaman así, le dije, no te estoy cargando, es la banda de rock más querida y popular, grandes poetas, grandes artistas, letra y música  ¿El que canta es ese Patricio Rey?, preguntó Mariano. Para qué…No, le dije, en un tono pausado, ese es el Indio Solari, Patricio Rey no existe…Entrecerró los ojos, dudó, pensé que definitivamente iba a entrar en una depresión irreversible, pero alcanzó a preguntarme

    ¿El que canta es un indio solo y el otro no existe? Es difícil de explicar, dije, y se hizo un silencio largo del que volvió como a la media hora. ¿Qué es rock?, me preguntó.

     Para hacerla corta, le dije que le daría más detalles por mail. Pero…resulta que no tiene dirección de correo electrónico. Ni celular, nada. “Nada”, me contó, “ni radio, ni televisión, ni luz, ni gas, ni cloacas, ni pavimento, ni sendas peatonales, nada, no teníamos nada, Buenos Aires era una ciudad de 40 mil habitantes y no éramos más de 20 los que de verdad impulsamos el movimiento revolucionario”.

     Cada noche escucho sus voces. Discuten mucho. “Es la economía, estúpido, los hombres son egoístas y sólo se mueven por sus intereses”, grita Saavedra. “No, imbécil, los ideales y los sueños son más poderosos que cualquier otra fuerza”, responde Castelli.

    Moreno me pide opinión. “Ey, moderno, vos que ya tenés 200 años más, que disponés de toda la teconología, de miles de libros, de la información, de los servicios y de agua potable, ¿qué se dice en el futuro de esto…? ¿Lo hablan con los psicólogos esos que los atienden?

     Y la verdad es que no sé que contestarle. Me pasa como cuando los niños hacen las preguntas más básicas y los adultos no tenemos respuestas para ellos, pero después sí sabemos, en las mesas de los bares, “cómo se arregla esto” y quién es ese otro siempre culpable de todo lo que nos pasa.

     Pero como Moreno insistió, un par de días más tarde, le dije, de memoria: ““Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce, lo que vale, lo que puede y lo que sabe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos, sin destruir la tiranía”

     ¡Eso lo escribí yo¡, me gritó. Sí, claro, admití, son tus ideales y tus sueños y tu palabra lo que perdura de vos. No es la economía devastadora de la naturaleza, no la fuerza bruta, ni el insulto, no, nada de eso, es la palabra que nos dice la que nos hace humanos.

    Es la palabra la que conecta con los sentimientos, los deseos, los ideales y los pone en acción.

     Es la palabra la que repara y construye, comprende, activa y abre.

     No es tan complejo ni hay que dar tantas vueltas, una política decente se hace con las palabras y las acciones de gente decente.

     Un hombre limpio siempre tiene una palabra clara.

     En esas, pocas, ocasiones, cuando le recuerdo lo mejor de sí, Mariano me sonríe.

     Esa noche, de paso, le conté, a modo de ejemplo, la batalla feroz que se está librando ahora para ver quién se queda con las palabras.

     Cunado comprendió la gravedad de la situación, me dijo que si las cosas eran así, iba a escribir nuevamente en su gaceta y que la editaría aunque sea en una servilleta o en las paredes, con tiza o carbón, como un diario mural, que a él nunca nadie lo haría callar.

     Ahora los dos sabemos mucho del otro, nos conocemos mejor, y eso ayuda a sobrellevar el histórico conflicto. Él sabe que yo, solo, no me puedo hacer cargo de su reclamo. Que no me da la autoridad, ni las fuerzas, ni el año Bicentenario, ni el tiempo que me queda de vida. Pero le prometí que siempre lo intentaría desde donde me encuentre, porque creo, como él, que en cuanto los líderes limpios digan las palabras claras que pongan en acción los sentimientos, hay una revolución posible todavía

     La revolución de las conductas, de la palabra dada y cumplida.

     Si la cabeza cambia, el cuerpo cambia.

     Una revolución de personas con los ojos abiertos, iluminando como linternas.

     La revolución de las linternas.

     Para verlos, para vernos.

     Le de mi palabra a Mariano y aquí estoy ahora.

     Se que esta presentación se hizo un poco larga, pero no podíamos comenzar sin él, sin ellos.

    No sería justo.

     Ahora sí, ya estamos todos. Como ustedes pueden ver, hacia el final de la sala, por ambos pasillos, acaban de entrar. 

    El que lleva la bandera en la que se lee: ¿Qué han hecho con nuestros ideales? Es el joven Mariano Moreno, 32 años. En el otro pasillo, con la bandera que dice: ¿Piensan seguir así?, Cornelio Saavedra, 51 años.

    Con ellos, Manuel Belgrano, 40 años, José de San Martín, 32 años, Juan José Castelli, 46 años, Bernardo de Monteagudo, 21 años, Juan José Paso, 52 años…y siguen cientos, miles, 200 años de nombres honorables, de palabras dadas. 

    Todos reunidos ya, en nuestro Punto de Encuentro, los invito a disfrutar, a emocionarnos, a aplaudir de pie, a ovacionarlos a los que reciben hoy sus medallas.

     Gracias a todo el equipo de Puertas del Bicentenario, como siempre, pero en esta ocasión, en especial,  gracias por el esfuerzo inmenso que hizo el grupo de comunicación, Astrid Pikielny, Paz Aizpurua, Florencia Bernardez, Eliseo, Marina, Maca, Malena

     Como decía el poeta Walt Whitman, los invito a celebrarnos y a cantarnos a nosotros mismos, porque también somos ellos.

     

     

     

     

     

     
  • Discurso de Carlos Ares en la ex Casa Cuna

    Carlos Ares 3:30 pm on November 4, 2009 | 0 Permalink | Reply

    La consigna, desde el gobierno de la ciudad, es proponer el Bicentenario de la revolución de mayo como un “punto de encuentro” con el pasado y con el futuro, pero también con lo mejor de nosotros mismos.

     En medio de tanta incertidumbre, de mensajes apocalípticos, de tantas noticias que nos abruman, de tanto que nos falta lograr para convivir en paz,  ante la impotencia que produce una dura realidad, presentada además de tal forma que parece imposible de cambiar, cada una de estas 200 medallas diseñadas por el escultor Antonio Pujía que se entregan  en el año del Bicentenario encienden un círculo de luz en mitad de la noche sobre lo que esta ahí y no vemos:

     La gente, la de todos los días, los compañeros del tiempo que nos toca vivir.

     Las personas, las buenas personas que nos dicen con su esfuerzo y su espíritu solidario y su trayectoria y su ejemplo callado, que también somos eso.

     Ellos, personas, instituciones, son faros en la costa nocturna. Nos advierten y nos guían.

     Les rendimos tributo, pero también reconocemos lo mejor de nosotros mismos en ellos.

     Cada día, al volver a casa, de un modo o de otro, en los noticieros, en los cafés, tratamos de convencernos de que esto no tiene arreglo.

     Nos hemos hecho expertos en saber porqué las cosas están mal y también sabemos siempre quién es ese otro argentino a quién echarle la culpa.

     Nos denigramos mutuamente y nos hundimos en una espiral de continuos fracasos colectivos.

     Parecemos adictos en proceso de autodestrucción. Jugadores compulsivos que apostamos el escaso tiempo que nos toca compartir en este país, todo lo poco que tenemos, con el único fin de ver perdidas nuestras ilusiones y obtener a cambio la mínima satisfacción de confirmar nuestros peores pronósticos.  Disfrutamos de la derrota con una cínica indiferencia que nos alivia por un momento, cuando creemos que zafamos de todo..

     Sin embargo hoy, aquí,  en este hospital, como ayer en la casa de María Elena Walsh, como el pasado domingo en la puerta de la casa donde vivió Quino y nació Mafalda, estamos levantando la histórica voz bicentenaria para decir con el gesto sencillo de entregar una medalla, pero con un dejo de orgullo, que NO,

    No.

    No.

    No es verdad que somos sólo eso,

     También somos Mariano Moreno, y Belgrano, y San martín, y Quino, y Maria Elena y todos ustedes y Milo Lockett y todos, los millones que cada día dicen no al desánimo, al desaliento, a las propuestas indecentes y salen…no a sobrevivir, sino a honrar la vida, como dice el tango de Eladia Blázquez.

     El Bicentenario es una oportunidad más para volver a mirarnos en ellos, en jóvenes como Moreno, que tenía sólo 32 años en mayo de 1810, en ejemplos como el de Belgrano, a su 40 años, en San Martín, de pie frente a la cordillera que iba a cruzar, porque siempre se trata que ser lo que debemos ser o no seremos nada.

    O más acá, en las fotos y en los ojos de nuestros abuelos y en las de nuestros padres, o más cerca aún, en las caras y las manos de los que salen temprano a trabajar, a hacer lo que hay que hacer, en los hospitales, en las escuelas, en las ciudades, en los pueblos, porque hay gente que necesita y espera.

     Un niño, un pibe cualquiera, puede ver lo que pasa y saber porqué pasa lo que pasa. Los adultos, que la vamos de entender como se arregla esto, todavía no podemos dar siquiera la respuesta más sencilla a los niños, algo así como: una política decente se hace con gente decente

     Tenemos 200 años. Ya va siendo hora de demostrar que somos mejores que la vida que estamos llevando.

     Gracias casa cuna.

     

     

     

     

     

     

     

     

     
  • Casa Cuna, una institución Bicentenaria

    Carlos Ares 4:45 pm on October 14, 2009 | 0 Permalink | Reply

    La consigna, desde el gobierno de la ciudad, es proponer el Bicentenario de la revolución de mayo como un “punto de encuentro” con el pasado y con el futuro, pero también con lo mejor de nosotros mismos.

     

    En medio de tanta incertidumbre, de mensajes apocalípticos, de tantas noticias que nos abruman, de tanto que nos falta lograr para convivir en paz,  ante la impotencia que produce una dura realidad, presentada además de tal forma que parece imposible de cambiar, cada una de estas 200 medallas diseñadas por el escultor Antonio Pujía que se entregan  en el año del Bicentenario encienden un círculo de luz en mitad de la noche sobre lo que esta ahí y no vemos:

     

    La gente, la de todos los días, los compañeros del tiempo que nos toca vivir.

     

    Las personas, las buenas personas que nos dicen con su esfuerzo y su espíritu solidario y su trayectoria y su ejemplo callado, que también somos eso.

     

    Ellos, personas, instituciones, son faros en la costa nocturna. Nos advierten y nos guían.

     

    Les rendimos tributo, pero también reconocemos lo mejor de nosotros mismos en ellos.

     

     

    Cada día, al volver a casa, de un modo o de otro, en los noticieros, en los cafés, tratamos de convencernos de que esto no tiene arreglo.

     

    Nos hemos hecho expertos en saber porqué las cosas están mal y también sabemos siempre quién es ese otro argentino a quién echarle la culpa.

     

    Nos denigramos mutuamente y nos hundimos en una espiral de continuos fracasos colectivos.

     

    Parecemos adictos en proceso de autodestrucción. Jugadores compulsivos que apostamos el escaso tiempo que nos toca compartir en este país, todo lo poco que tenemos, con el único fin de ver perdidas nuestras ilusiones y obtener a cambio la mínima satisfacción de confirmar nuestros peores pronósticos.  Disfrutamos de la derrota con una cínica indiferencia que nos alivia por un momento, cuando creemos que zafamos de todo..

     

    Sin embargo hoy, aquí,  en este hospital, como ayer en la casa de María Elena Walsh, como el pasado domingo en la puerta de la casa donde vivió Quino y nació Mafalda, estamos levantando la histórica voz bicentenaria para decir con el gesto sencillo de entregar una medalla, pero con un dejo de orgullo, que NO,

    No.

    No.

    No es verdad que somos sólo eso,

     

    También somos Mariano Moreno, y Belgrano, y San martín, y Quino, y Maria Elena y todos ustedes y Milo Lockett y todos, los millones que cada día dicen no al desánimo, al desaliento, a las propuestas indecentes y salen…no a sobrevivir, sino a honrar la vida, como dice el tango de Eladia Blázquez.

     

    El Bicentenario es una oportunidad más para volver a mirarnos en ellos, en jóvenes como Moreno, que tenía sólo 32 años en mayo de 1810, en ejemplos como el de Belgrano, a su 40 años, en San Martín, de pie frente a la cordillera que iba a cruzar, porque siempre se trata que ser lo que debemos ser o no seremos nada.

     O más acá, en las fotos y en los ojos de nuestros abuelos y en las de nuestros padres, o más cerca aún, en las caras y las manos de los que salen temprano a trabajar, a hacer lo que hay que hacer, en los hospitales, en las escuelas, en las ciudades, en los pueblos, porque hay gente que necesita y espera.

     

    Un niño, un pibe cualquiera, puede ver lo que pasa y saber porqué pasa lo que pasa. Los adultos, que la vamos de entender como se arregla esto, todavía no podemos dar siquiera la respuesta más sencilla a los niños, algo así como: una política decente se hace con gente decente

     

    Tenemos 200 años. Ya va siendo hora de demostrar que somos mejores que la vida que estamos llevando.

     

    Gracias casa cuna.

     

     

     

     

     
  • LA GENERACION BICENTENARIO

    Carlos Ares 4:18 pm on September 7, 2009 | 0 Permalink | Reply

    El Bicentenario de la Revolución de Mayo nos ofrece la extraordinaria oportunidad de recordar, reflexionar sobre las lecturas, la experiencia, el tiempo vivido y reciclar la idea de que, al fin de cuentas, la historia la hacen los hombres que se deciden a actuar. Reunidos por ideales y objetivos superiores a los propios del individuo, cada uno de nosotros puede contribuir con su conocimiento y esfuerzo, desde su lugar y condición, a un proyecto común, integrador, en el que todos logremos sentirnos parte como ciudadanos afines a una determinada Cultura. Esto es, a una forma de ser y estar en el mundo que se reconoce por el pasado, las costumbres, los hábitos, los modos y todo aquello que, según Elliot en sus “Apuntes para una definición de la Cultura”, podría ser definido sencillamente como todo lo que hace “que la vida merezca la pena ser vivida”. ¿Qué mejor herencia podríamos dejar después de nuestro paso por aquí, como miembros de una sociedad que se desea democrática, que la de un país sometido a la Constitución, sujeto a la ley, libre, plural, diverso, receptivo, solidario, con una tendencia sostenida a la igualdad de derechos y oportunidades?

    Si bien se mira, ese conjunto de hombres y mujeres dispuestos y convencidos es, por su alcance y por lo que resigna de propio o de partidario a cambio de las convicciones comunes, lo que se mueve en determinado sentido. Y, tal vez, cuando los sociólogos identifiquen las huellas, los hechos y los rasgos de identidad que la representan podrá ser estudiada luego en los libros como “generación”. De hecho, así vemos hoy a la “de mayo”, “del 37”, o “del 80”.

    Pero esto, la “movida generacional”, sólo parece suceder en ocasiones de excepción: revoluciones, fin de una guerra civil, de una dictadura, derrumbe económico o político que determina el fin de una época. Es entonces cuando la “generación” reacciona en cadena y se anuda al pasado y al presente para constituirse en reemplazo del eslabón quebrado o perdido de la historia.

    Hay razones objetivas, acumuladas en los últimos años que justifican la convocatoria generacional. La feroz disputa de intereses de las corporaciones, los grupos facciosos que controlan la política, los sindicatos y hasta las calles, la interminable transición de la dictadura a la democracia, la implosión del sistema de representación, la debilidad de las instituciones, son síntomas que indican un agotamiento de forma y contenido.

    Todos, como “generación”, podemos constituirnos en una poderosa corriente de opinión y de acción. Hay que hacerse cargo de la historia, de la que fue y de la que se hace cada día. El debate y el combate político son por lo que se quiere representar, pero se da desde lo que ya se representa. El presente siempre se discute con los argumentos del pasado. De tal modo, la discusión política es siempre “cultural”. La “derecha” y la “izquierda” son términos que ya no significan lo que querían decir en el origen, pero resultaron una clasificación tan práctica y sencilla que aún tienen una decisiva influencia cultural.

    Es en este punto donde el Bicentenario ofrece la oportunidad única. Una “generación”, más que un sector, un grupo, un partido, un movimiento, una alianza, puede apropiarse de una historia común que nos pertenece y enfrentar con éxito el desafío de la construcción. Considerarse como parte de una “generación bicentenario” que trabaja en la recuperación de los ideales de siempre puede provocar una ilusión y una mística de alcances tan vastos que no hay ningún otro plan, mensaje, consigna o propuesta que se le pueda comparar.

    La primera acción y anuncio que, como un mensaje en la botella lanzamos al mar virtual desde esta desoladas playas, es la propuesta abierta, amplia, en todo el país, en ámbitos académicos, universitarios, o de prestigio social, a figuras independientes y organizaciones con trayectoria, profesionales de las ciencias económicas, jurídicas, sociales, científicas, personalidades destacadas en ONG o programas comunitarios, por grupos, para “pensar” el proyecto de la generación Bicentenario.

    No se trata de un pacto, ni de un acuerdo, se pretende un proyecto que tenga metas a mediano y largo plazo. Un programa de alcances “revolucionarios” para honrar a los hombres de mayo, que actualice las preguntas de entonces para discutir hoy “la revolución posible”: la revolución de las conductas. Ideas, planes, rumbos económicos y políticos, un nuevo contrato social que comprometa a todos en una convivencia solidaria, sometida a la ley, a los derechos y obligaciones que ordena la Constitución.

    Quienes se encuentren aquí o donde sea, vinculados por esos ideales llevados a ideas y planes serán, naturalmente, los líderes de la generación y los ejecutores de lo que, en definitiva, podría formularse casi un programa de gobierno. La tarea podría ser presentada en un acto público a mediados de 2010, como propuesta para las elecciones de 2011. Ese será entonces el compromiso de la generación Bicentenario, su herencia, el testimonio que dejará a quienes la sucedan.

     
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